lunes, 2 de julio de 2012

Acérrimo

La noche es una bestia.
La mañana también lo es
y el resto del día.
Pero no encuentro
tentáculos entre las doce
y la una.
Por eso,
anfitriones,
sospecho que las criaturas
son las de la noche.
Que desuellan,
en la superficie,
números y estandartes.
No es temprana
la amargura
de encontrar
las tripas,
los atajos,
los móviles
y algunas cerillas
sobre las mantas
al despertar
sobre la cama
todo roto.

domingo, 1 de julio de 2012

La pena sobria

No quisiera que le suceda, como a mí, de encontrarse sintiendo pena sobria. No hay nada peor que una pena sobria, la verdad. Fíjese, es como la mediocridad misma, tanto que provoca hundimiento. La pena sobria no daña, no golpea los intestinos y mucho menos descompone algún sistema como el nervioso o el circulatorio. Esta pena de la que cuento no llega ni al infarto.
Imagine que llega un domingo gris, nublado, húmedo, frío. Ni el café, ni la cocina y los aromas que un alquimista pueda sacar de ella, ni la cima sonora de escuchar música, ni los besos; nada lo retiene a uno fuera de apagarse. Parece que esta cosa aburrida que nos pasa, la pena sobria, no carcome con culpa, ni busca botones que apretar para que vuelvan los mecanismos del pasado. No logra nada de eso. No hace daño, ni le modifica la rutina siquiera.
Por eso uno va con todo contra la pared y busca poner en su cabeza el dolor que la pena no trae consigo. ¿Quién se culpa de pensar que las penas duelen? Estas penas apenas sí muestran dónde duele. Pero serán tan cómodas, que parece que tienen una  habilidad de no hacerse cargo. Pena borracha rompe todo. Pena sobria lo insinúa todo.
A mí me pasa que viajo en el subterráneo Línea A y veo un poco eso: penas. Penas que no sacarán de la rutina a nadie, que no liberarán a ninguna doncella en peligro de sus miedos, que no harán al reconocimiento de las pasiones, que no formarán nuevos actores, nuevos artistas, nuevos simpáticos. La pena que conozco, así, bien sobria, no llegó a la revolución, porque hasta le molesta la evolución. La pena encaja en algún agujero de la frente, donde algo se haya perdido.
La pena sobria es un espejo. Apenas si muestra bien las cosas, uno siempre mira cualquier cosa en el espejo. Todo menos a la pena, que está ahí, diciendo que hay que doler. No pega, no acaricia, no da besos, ni abraza. Solo pide permiso de entrar. Y mientras más se convence ella, más nos alejamos de pertenecer.