Hoy, temprano, encontré una perla. En el bolsillo, casi impalpable, casi desapercibida, una perla de más de varios meses, perdida. Adiestrado como nunca antes, no la llevé a la boca; erradicado de mis piedras trabalenguas, tampoco la tiré más allá del horizonte curvilíneo para encontrarla después. Apreté fuerte la mano, donde había sujetado la perla. Sentí dolor y logré que encajara desde mis cicatrices sincrónicas en la palma, y luego en el resto del brazo, luego en el cuerpo entero.
Y lo veía venir, como parte de la espera, al final recurrente de encontrar la perla. Pero la espera era larga, más larga que nunca antes y me aterrorizaba no encontrar más de esas cosas en mis rincones. Al vacío de la ola tremenda, que fue esa emoción de cumplir mi turno, le encajé el dedo y ahora la llevo, confiado, de anillo. Con este remolino entre los dedos ahora me lavo antes de decir lo que tenga que decir, bien fuerte las orejas. Y tiro vasos, esperando que se quiebren, nuevamente, desdichadamente, para festejar que estoy vivo y que "un fantasma perloso recorre mis entrañas".
Afuera el descontrol se abre de piernas para mí, mientras a mis espaldas pasan cosas. Cierro los párpados para ver manchas y a mis espaldas, me tranquiliza que pasen cosas. Cosas que no volveré a voltear para verles la cara. Es innecesaria la violencia donde no hay amor. Es descarado pensar una vida sin desamor. Viva el desamor.
Entrego a todos mis compañeros una parte de mí, total, tengo una perla. Perla inestable, incisiva, incauta, iracunda, irregular. Perla gaucha, perla toro, perla ciudadana, perla que gira turbia. Consigo, el diamante, atraviesa los cables con preciosa precisión carbónica. Conmigo, la perla, une las partes del vaso que sigue rompiéndose día a día. Perla compañera en la braza abrazadora, en el fondo del cántaro, en el borde de la madrugada.
Bello y profundo...
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