Comíamos una inventada velada de caminar hasta lo desconocido, por más que este haya sido vanamente un desconocimiento ingrato, insulso y hasta a veces recordado. Hablábamos del amor con la boca llena, desprovistos de audiencia, pero en sana conferencia de males pasados una semana atrás. Vino el tiempo de siembra, y luego los fiambres crecieron en la nevera, como así una especie de adobo intuido en el más profundo respeto por ingerir y hablar porquerías.
Hube de repasar muchas veces lo que pasó una semana atrás, mínimo tres veces. En caso de segundos, todos habíamos extraído nuestras indulgencias del bolsillo izquierdo, y a mi me pasó de sacar el arma del bolsillo derecho. Y con los pantalones vacíos, la cena era otra inapetente excusa de todo lo externo al hecho culinario. Que se rompieron muchos vasos, se rompieron, pero estos eran pequeños y de una consistencia nunca antes vista. Los tiramos con fuerza (la suficiente para romper un vaso) y nuestras jarras solo nos dejaban querer arreglarlo al instante de haber tirado todo.
El papel de chacal es precioso, aunque no me encuentre al tanto ni de cómo luce un chacal, se que algo del can tengo en mis costumbres (porque regurgito mis valores y esquemas, a tal punto de preferirlos deformados a como eran antes de tragarlos). Siempre me supuse lince: contemplando desde la lejanía del yo, una constante de situaciones ajenas, que no me llegaban a tocar. En la estrategia de separarme del reflejo que cualquier espejo me involucre, recibí el don de postergar lo impostergable. Fue así que, sintiéndome fluir como el viento, caí en la cuenta de ser una roca estancada sintiendo la brisa del verano. Pero confundo a todos si de veras quiero pensar que soy el viento y no darme cuenta de que sentirlo no es serlo.
Ante toda situación de embarazo, cargamos el mundo del otro bajo el pecho. A veces, quién está en la dulce espera no es más que la misma configuración genética de quien lo carga. Al separarse el reflejo de quien mira, quien luce, quien ostenta, el vacío es relativo pero la carga es densa. Podría decir que se trata de algo pesado, pero a lo que no es piel, ni cielo, ni antorcha ¿podemos considerar pesado? La balanza del lince no mide esas cosas. El chacal, que tanto me parecía diferente, ríe jactancioso de poseer esos dotes.
Un segundo luego de pensarlo así, volví a la mesa y era la preciosa habladuría del entretiempo. Porque se vienen cosas mejores. Y lo recibimos cantando versos incantables:
"La noche no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.
Pero yo iré
aunque un sol de alacranes me coma la sien.
Pero tú vendrás
con la lengua quemada por la lluvia de sal.
El día no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.
Pero yo iré
entregando a los sapos mi mordido clavel.
Pero tú vendrás
por las turbias cloacas de la oscuridad.
Ni la noche ni el día quieren venir
para que por ti muera
y tú mueras por mí."
Gacelas III Gacela del amor desesperado.
Federico García Lorca.
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